G.R.S.
Mead
El servicio de canto
San Clemente de Alejandría nos
dice que toda la filosofía religiosa –es decir, la sabiduría, la disciplina y
las diversas artes y ciencias– del sacerdocio egipcio se contenía en los Libros
de Hermes, o lo que es lo mismo, de Thot. Más adelante nos dice que estos
libros estaban clasificados en cuarenta y dos capítulos, y divididos en cierto
número de grupos en función de los distintos linajes o divisiones de los
sacerdotes.
En la descripción de una
ceremonia sagrada determinada –una procesión de sacerdotes con sus diversas
órdenes–, Clemente nos cuenta que iba encabezada por un representante de la
orden de los Cantores, que se distinguían de los demás por los símbolos
musicales que llevaban, algunos de los cuales eran portadas según parece en las
manos, mientras que otros iban bordados en las togas.
Estos
Cantores tenían que hacerse maestros de, es decir, tenían que aprender de
memoria, dos de las divisiones de los Libros de Hermes, a saber, aquellas que
contenían el conjunto de Himnos en Honor de los Dioses o del Dios, y los
Encomia o Himnos de Alabanza a los Reyes (iii, 222).
Muchos
ejemplares parecidos de himnos de alabanza a los Dioses han llegado hasta
nosotros en inscripciones egipcias y papiros, y algunos de ellos conforman las
más nobles efusiones del alma en alabanza a la majestad y trascendencia del
Supremo, en el sentido de que no desmerecen en absoluto si los comparamos con
otros cantos de alabanza de otras grandes escrituras. Pero, ¡ay!, los libros de
himnos de Thot, a los cuales se refería San Clemente, se perdieron. Claro está
que pudo equivocarse al designarlos de un modo tan definido, del mismo modo que
anduvo indudablemente equivocado al pensar que eran una recopilación de himnos
compuestos por un individuo, Hermes.
La grandiosa
concepción de Thot como inspirador de todas las escrituras sagradas y maestro
de todas las religiones y filosofías era egipcia y no griega; y no fue más que
un equivalente lamentable el que los griegos encontraron en su propio panteón
cuando, en el intercambio de nombres de Dioses, se vieron obligados a
«traducir» Thot por Hermes.
Thot, como
inspirador de todas las escrituras sagradas y presidente de toda disciplina
sacerdotal, era, como nos cuenta Jámblico, un nombre que utilizaban los
egipcios como algo «común a todos los sacerdotes» –es decir, todo sacerdote, en
tanto que sacerdote, era un Thot, porque exhibía en su oficio sagrado una u
otra característica del Gran Sacerdote o Hierofante Maestro entre los Dioses,
cuyo nombre terrenal era Thot-Tehuti.
Thot era, de
este modo, la Superalma de todos los sacerdotes; y cuando algunos griegos
llegaron a conocer mejor las connotaciones que tenía la disciplina interna de
los verdaderos misterios sacerdotales, se dieron cuenta de hasta qué punto era
inadecuado el simple Hermes como equivalente del nombre egipcio que designaba a
tan gran ideal, por lo que calificaron al «Hermes Egipcio» con el epíteto
honorífico de «El tres veces grande».
Es de los
Himnos de este Tres-veces-grande Hermes de lo que voy a tratar en este pequeño
volumen, himnos que fueron inspirados por la tradición aún viva de lo que hubo
de mejor en la sabiduría del antiguo Egipto, tal como fueron «filosofados» a
través de mentalidades entrenadas en el pensamiento griego, y plasmados en la
hermosa lengua de la dorada Hélade.
Pero una vez
más, desgraciadamente, no ha llegado hasta nosotros una recopilación de tales himnos, de modo que
lo más que podemos hacer es reunir los fragmentos que quedan, esparcidos por
las páginas de la literatura trismegística que escapó a los celos de una
bibliolatría exclusivista.
El principal Evangelio de la
Gnosis Trismegística se encuentra en un sermón sagrado que lleva el título
griego de «Poimandres». Quizás fuera en su origen la transliteración de un
nombre egipcio, pero en el mismo tratado queda manifiesto que los griegos que
seguían la Gnosis lo entendieron como «El Pastor de Hombres» o «El Pastor».
Este Pastor no era un hombre, sino más bien la Divina Humanidad o el Gran
Hombre o Mente, el inspirador de toda sabiduría y hierofante
de toda iniciación espiritual.
Esta majestuosa Realidad o
Esencia de Certeza se concibió como una Presencia, o Persona, ilimitada de Luz,
Vida y Bondad, que envolvía la mente contemplativa del piadoso adorador de Dios
o del Bien, del fiel amante de la Belleza y
del
incansable buscador de la Verdad.
Y de
este modo, en Sus indicaciones a uno que estaba luchando por alcanzar el grado
de un verdadero Hermes autoconsciente, Poimandres declara:
«Yo, Mente,
por Mí mismo estoy presente en los santos y buenos, en los puros y los
misericordiosos que viven piadosamente.
»Para ellos
Mi Presencia se convierte en una ayuda, con lo que obtienen la Gnosis de todas
las cosas y alcanzan el amor del Padre por la pureza de sus vidas, y Le dan
gracias, invocando bendiciones sobre Él y entonando himnos, extasiados en Él
con una amor ardiente» (ii, 14).
Y prácticamente se repite la
misma indicación en el sermón llamado «La Llave», en donde leemos:
«Pero la
Mente eleva al alma piadosa y la guía a la Luz de la Gnosis. Y esta alma ya
nunca cesa de cantar sus alabanzas a Dios y de derramar bendiciones sobre todos
los hombres, y de hacer el bien a todos en palabra y obra, a imagen de su
Señor» (ii, 155).
Las únicas condiciones para
alcanzar esta consumación, tan devotamente como para ser deseada, son las que
siguen:
1)Sólo el bueno puede
conocer el Bien; aún cuando una de las invocaciones a Hermes como la Mente del
Bien, conservada en los Papiros Mágicos Griegos, dice:
«¡A Ti te
invoco! ¡Ven sobre mí, oh Bien, todo Tú bueno, ven a lo buenol» (i, 86).
2)Sólo el puro
puede conocer lo Puro; y por «Puro» considero que Hermes, en ocasiones, quería
decir bastante más de lo que se entiende generalmente por este término. «Puro»
es lo que permanece en sí mismo, y ni es excesivo ni deficiente; es el
equilibrio, la situación de balance, ese algo misterioso que reconcilia todos
los opuestos, siendo simultáneamente el origen y el fin de éstos –la Justicia
Divina.
3)Sólo el
misericordioso puede conocer la Misericordia, el origen de la infinita
diversidad del Amor Divino.
Para éstos,
la Presencia Divina se convierte en una ayuda; es sólo en el campo de esta
«Tierra del Bien», en el terreno autocultivado de la naturaleza espiritual –la
naturaleza buena, pura y misericordiosa– del hombre, en donde la Presencia
Divina puede sembrar las semillas de la autoconsciencia de la Gnosis celeste,
para que, desde esta Matriz Virginal de Virtud, pueda nacer el verdadero
Hombre, el hijo de la Libertad, de la Correcta Voluntad o Buena Voluntad.
Para los
demás, para aquellos que se encuentran todavía en la ignorancia de las cosas
del espíritu, la Presencia Divina es una ayuda también, pero desconocida; pues
manifestándose les de forma invertida, por medio de las limitaciones del
Destino, la mayoría la considera un obstáculo, como de hecho así es –un
obstáculo a su caída en una mayor ignorancia y limitación. La tierra tiene que
ser desbrozada y arada, antes de que pueda ser sembrada.
Pero cuando
por voluntad propia el hombre da marcha atrás en su forma de vida y gira con el
movimiento de las esferas celestes en vez de dar vueltas en sentido contrario,
el contacto consciente con la Presencia Divina que tiene lugar entonces lleva a
responder a toda la naturaleza; la luz del sol se derrama en el verdadero
corazón del hombre desde todas partes, y su corazón responde, despierta desde
las profundidades y empieza a hablar con palabras de verdad. El Gran Dios le
habla al corazón en lo Invisible, aún cuando le habla al Osirificado sin vida;
y esa palabra no pronunciada es un canto de alabanza continuo de acciones
justas. También hay una palabra hablada que se articula en palabras humanas con
la forma himnos de alabanza y gratitud a Dios –la liturgia de una piedad que
responde a la Divinidad haciéndose así responsable.
Ciertamente,
ésta es la base de toda liturgia y culto, incluso en sus formas o reflexiones
más crudas –en los sueños de los corazones dormidos de los hombres. Pero las
escrituras trismegísticas tratan de la realización autoconsciente de la
verdadera Pasión Gnóstica, en donde el sentimiento tiene que ser transmutado
conscientemente en conocimiento.
El canto de
himnos sobre la Tierra es el reflejo de un misterio celestial. Antes de que el
hombre pueda cantar realmente con la afinación adecuada tiene que armonizar su
naturaleza inferior y transformada en cosmos o adecuarse al orden. Hasta ahora
ha estado cantando fuera de tono, de forma caótica, aullando, vociferando,
gritando, blasfemando, más que cantar de forma articulada, ofreciendo así «una
oblación razonable» a Dios.
La
articulación de los «miembros» de este «cuerpo» o «corazón» real aún no se ha
llevado a término, aún no se ha perfeccionado; están todavía, utilizando el
lenguaje del antiguo mito egipcio, esparcidos por todas partes, a causa de sus
pasiones tifónicas; las extremidades de su cuerpo de vida están esparcidas en
su cuerpo de muerte. La Isis de su naturaleza espiritual está llorando y
lamentándose todavía, reuniéndolas, esperando el día de la Nueva Aurora, cuando
el último de los miembros, el órgano de Gnosis, complete el taxis, orden o agrupación de sus pedazos, y el Hombre Nuevo se
eleve de entre los muertos.
Sólo cuando
estas «extremidades» suyas estén armonizadas y articuladas correctamente,
tendrá un instrumento para la música cósmica. No importa si el antiguo mito nos
habla de los catorce «miembros» del muerto Osiris, o si las últimas
indicaciones nos hablan de las siete esferas de la Armonía creadora que forja
los «miembros» de cada hombre, y los ve a todos como dadores de energía en dos
modos, en función de si la voluntad individual del hombre va con ellos o contra
ellos; todo hace referencia al mismo misterio. El hombre en la limitación es
doble, al igual que lo son sus extremidades físicas; el hombre en la libertad,
configurado cósmicamente, es dos en uno en todo.
Y por
consiguiente, cuando se forja este «cambio de tendencia gnóstica» tiene lugar
una transmutación maravillosa de toda la naturaleza. El hombre abandona sus
pasiones tifónicas, los energetizadores de la naturaleza que ha estado
batallando con Dios, con el fin de que se precipite lo que el autor anónimo de El Sueño de
Raván, una obra maestra de la mística, denominó la «Catástrofe
Divina», y el Titán en él sea destruido con rapidez o, mejor aún, transmutado
en el Dios.
Pues aunque
estas pasiones se nos antojan ahora como del «Demonio», y aunque las vemos como
hijas de los poderes que luchan contra Dios, en realidad no son malignas; son
las experiencias en nuestra naturaleza de las energías naturales de la Armonía
Divina, ese misterioso Motor del Destino, séptuple medio de manifestación,
según nuestra tradición trismegística. Pues la Armonía Divina es el
instrumento de la Energía Divina, que constantemente genera formas en sustancia
para la consciencia, con el fin de perfeccionar poco a poco una forma que sea
capaz de crear a través de la imaginación al Hombre Perfecto.
Las energías naturales, que hasta
ese momento habían estado trabajando inconscientemente a través de él para que,
a través de la forma, pudiera nacer la autoconsciencia, son contempladas no
obstante por el neófito como hostiles durante las primeras fases de su
nacimiento gnóstico; éstas han entretejido para él los ropajes que le han
proporcionado la experiencia, pero que ahora se le antojan harapos que habría
que quitarse para poder ponerse las nuevas vestiduras de poder y majestad, y
cambiar así la arpillera del esclavo por las galas del Rey. Aunque las nuevas
vestiduras están hechas del mismo hilo y tejidas por las mismas energías en el
mismo telar, el tejedor está trabajando ahora para cambiar la textura y el
diseño; ahora está aprendiendo alegremente, con su gnosticismo, a seguir el
plan del Gran Tejedor, para así desenmarañar cuidadosamente los hilos de los
harapos de sus imperfecciones pasadas para retejedos con la hechura de «lino
fino» para el Rey Osiris.
Este cambio gnóstico está
descrito en nuestro tratado cuando la Gran Mente le enseña a la mente pequeña
después de haberse desprendido de los vicios del alma que, según dicen, surgen
del aspecto descendente de las energías de las siete esferas de la Armonía del
Destino. La beatificación posterior se expresa gráficamente en la siguiente
declaración:
«Y entonces, con toda la fuerza de la Armonía de la que se ha
desprendido, alcanza la naturaleza que pertenece a la Ogdoada, y allí mora, con los que entonan himnos al Padre.
»Allí le
dan la bienvenida con alegría, y él, al igual que los que allí tienen su
morada, escucha los cantos de alabanza a Dios de las Potencias que se
encuentran por encima de la naturaleza que pertenece a la Ogdoada.
»Y después,
todos ellos, en grupo, van a la casa del Padre; entregan sus propios yoes a las
Potencias y, convirtiéndose así en Potencias, se sumergen en Dios. Ésta es la gozosa
meta de aquellos que han alcanzado la Gnosis: hacerse uno con Dios» (ii, 16).
Éste es el cambio de tendencia
gnóstica que sobreviene en la naturaleza de aquel que pasa desde el estadio del
hombre ordinario, que Hermes define como una «procesión del Destino», hasta el
de la verdadera madurez, que lleva finalmente a la Divinidad.
Los antiguos egipcios dividían al
hombre en al menos nueve formas de manifestación, modos de existencia, esferas
de ser o cualquier otra frase que elijamos para dar nombre a las distintas
categorías de sus naturalezas.
Las palabras «vestido con su
propio Poder» se refiere, según creo, a una de estas naturalezas del hombre.
Ahora bien, sekhem normalmente se traduce por «poder», pero no tenemos
ninguna descripción según la cual podamos comprobar la traducción de forma
satisfactoria; de modo que yo sugeriría que el khaibit, aunque normalmente traducido por
«sombra» (i, 89),
es
posiblemente el misterio al cual se refiere nuestro texto, pues, «en las
enseñanzas de Egipto, alrededor del ser radiante (quizás el ren o nombre), que en su
vida regenerada podría asimilarse a la gloria de la Divinidad, se formó el khaibit, o atmósfera
luminosa, consistente en una serie de envoltorios etéreos, que ensombrecían y
difundían a la vez su flamígero lustre, del mismo modo que la atmósfera de la
Tierra ensombrece y difunde los rayos del Sol» (i, 76).
Esto se tipificó con las bandas
de lino de la momia, pues «Thot, la Sabiduría Divina, envuelve el espíritu de
los Justificados un millón de veces en una vestidura de lino fino», al igual
que Jesús, que en cierto acto sagrado se puso un «ropaje de lino» que
Tertuliano define como «la perfecta vestidura de Osiris» (i, 71). Y Plutarco
nos cuenta que el lino era el tejido que llevaban los sacerdotes «debido a que
el color de las flores del lino se parece mucho a la radiación etérea que
inunda el cosmos» (i, 265).
El mismo misterio se nos muestra
en el maravilloso pasaje en el que se describe la transfiguración de Jesús en
el evangelio gnóstico conocido como la Pistis Sophia, que es de la más
pura tradición egipcia. Es la descripción mística de una maravillosa
metamorfosis o transformación que tuvo lugar en la naturaleza interna del
Maestro, que había ascendido para ponerse la Vestidura de Gloria, y que volvía a la consciencia de
sus potencias inferiores, o discípulos, ataviado con esta Vestidura de Poder.
«Vieron a
Jesús descender brillando intensamente; la luz que le rodeaba era inenarrable,
pues brillaba con más intensidad que cuando había ascendido a los cielos, de
modo que resultaba imposible para nadie de este mundo describir la luz en la
que se encontraba. Irradiaba luz con una intensa brillantez; sus rayos no
tenían medida, ni eran rayos de luz iguales entre sí, sino que los había de
todo tipo y figura, siendo unos más admirables que otros hasta el infinito. Y todos eran de luz pura en
todas sus partes y al mismo tiempo. Los había de tres grados, sobrepasándose
unos a otros de un modo infinito. El segundo, que era el que estaba en medio,
sobresalía sobre el primero que estaba por debajo de él, y el tercero, el más
admirable de todos, sobrepasaba a los dos inferiores. Esta primera gloria se
situaba por debajo de todo, como la luz que había caído sobre Jesús antes de
ascender a los cielos, y era muy regular en cuanto a su propia luz» (pp. 7, 8).
Esta triple
gloria, según creo, era el «cuerpo de luz» de la naturaleza de la octava,
novena y décima esferas de gloria en la escala de las diez perfectas. En
nuestro texto, el «vestido en su perfecto Poder» debe referirse, según creo, a
los poderes de las siete esferas unificadas en una, la octava, que era el
vehículo de la mente pura, según la tradición platónica, basada originalmente,
con toda probabilidad, en la tradición egipcia. Este «vehículo» era «atómico» y
no «molecular», por utilizar los términos de la ciencia de hoy, simple y no
compuesto, él mismo y no otro –«muy regular en cuanto a su propia luz».
De este modo,
cuando el cambio gnóstico tiene lugar en la naturaleza interna del hombre, se
da también otro cambio que le acompaña y que se lleva a cabo sobre la sustancia
de su verdadero «cuerpo», y el hombre se pone a cantar en sintonía con las
esferas, «con los que entonan himnos al Padre».
Ahora conoce
el lenguaje de la naturaleza, y con él canta sus alabanzas ininterrumpidamente,
plenamente consciente de la alegría de vivir. Entona el canto de la alegría, y
mientras canta escucha los gozosos cantos de los Hijos de Dios que forman el
primero de los coros invisibles. Éstos le devuelven el canto y le dan la
bienvenida; y lo que cantan lo puede leer el amante de tales cosas en la misma Pistis
Sophia (p. 17), en el Himno de las
Potencias «Ven
a Nosotros» –cuando son recibidos a la vuelta del exilio en el Gran
Día de ese nombre.
Pero esto no
es todo pues, cada vez más arriba y cada vez más allá, hay otros coros de
Potencias de una trascendencia aún mayor. Sin embargo, de momento, el recién
nacido no puede comprender o guardar la canción de estas Potencias, pues cantan
en su propio lenguaje, habiendo muchas lenguas de ángeles y arcángeles, de
daimones y dioses en sus múltiples grados.
Pero, al
menos, el hombre ya ha comenzado a percatarse de la libertad del cosmos, ha
comenzado a sentirse un verdadero cosmopolita o ciudadano del mundo, y a
estremecerse en armonía con las Potencias. Experimenta una unión inefable que
elimina todo temor y le hace desear ardientemente la consumación del Sagrado
Matrimonio final, cuando lleve a cabo el gran sacrificio y rinda gozosamente
todo lo que de él ha sido separación, para convertirse, a través de la unión
con Aquellos únicos que verdaderamente son, en todo lo que siempre fue, es y
será –y así uno con Dios, el Todo y el Uno.
Así pues, es
evidente que nuestros Himnos de Hermes están en contacto directo con una
tradición que veía la vida espiritual como un servicio perpetuo de canto, y
esto coincide mucho con la creencia egipcia de que el hombre fue creado con el
único propósito de adorar a los Dioses y prestarles piadoso servicio. Todo lo
que tenía que hacer el hombre así concebido era pronunciar las «verdaderas
palabras» o cantar incesantemente una canción armoniosa de pensamiento, palabra
y obra, según la cual el hombre crecía a semejanza de los Dioses para así, al
fin, convertirse en un Dios con el Gran Dios en la «Nave de los millones de
Años» o «Barca de los Eones», en otras palabras, salvarse por toda la
eternidad.
Y volvamos ahora a los cuatro himnos que han llegado hasta
nuestros días en griego, cánticos que provienen del libro de los himnos de esta
liturgia tan sagrada.
El primero es
un añadido al tratado de «Poimandres», y evidentemente pretendía dar una idea,
en términos humanos, de la naturaleza de las alabanzas dadas por las Potencias
a las que nos acabamos de referir. Pues, como veremos más adelante, los menos
instruidos de la comunidad deseaban ferviente mente que les fueran revelados
los textos de este Canto, creyendo en su ignorancia que sería un himno parecido
a los de la Tierra, sin darse cuenta de que era un himno celestial de alabanza
de toda la Tierra, expresado tanto por hombres como por animales, por árboles o
piedras.
La primera
parte de nuestro himno consiste en nueve líneas, divididas por temática en tres
grupos, y comenzando cada sentencia con «¡Santo seas Tú!» Quedando así, en su
forma triple «¡Santo, Santo, Santo!» –por lo que podemos de decir de este himno
que es El Triple Trisagio.
El Triple Trisagio
Santo seas Tú, Oh Dios, Padre de los Universos.
Santo seas Tú, Oh Dios, pues Tu Voluntad
se perfecciona por medio de sus propias
Potencias.
Santo seas Tú, Oh Dios, que quisiste
ser conocido y
eres
conocido por Ti mismo.
Santo seas Tú, que por la Palabra
hiciste consistente todo lo que existe.
Santo seas Tú, de Quien
Toda naturaleza se ha hecho a Imagen.
Santo seas Tú, pues Tu
Naturaleza
de Forma nunca fue creada.
Santo seas Tú, más poderoso que todo poder.
Santo seas Tú, que trasciendes toda
preeminencia.
Santo seas Tú, Tú mejor que toda alabanza.
¡Acepta las ofrendas puras de mi razón, desde el
alma y el corazón por siempre elevadas hasta Ti, Oh Tú impronunciable, incalificable, cuyo Nombre nada, salvo el
Silencio, puede expresar!
¡Escúchame a mí, te lo ruego, para que nunca
fracase en la Gnosis –Gnosis que es nuestra naturaleza de ser común– y lléname
con Tu Poder y con esta Gracia Tuya, para que pueda darles la Luz a aquellos
que se encuentran en la ignorancia del decurso de la Vida, mis Hermanos y Tus
Hijos!
Por esta causa creo y doy fe. Voy a la Vida y
a la Luz. Bendito seas Tú, Oh Padre. Tu Hombre será santo como Tú eres santo,
puesto que Tú le diste plena autoridad para serio.
* * *
«Santo seas Tú, Oh Dios, Padre de los
Universos.»
En primer
lugar se le da alabanza a Dios como Padre de los Universos, es decir, de las
Grandezas de todas las cosas, las Inmensidades Eónicas, o los Misterios
Supremos, que son múltiples y
sin embargo uno –las Subsistencias del Ser
Divino en el estado de Divinidad pura.
«Santo seas Tú, Oh Dios, pues Tu Voluntad se perfecciona por medio de
sus propias Potencias.»
Después se le
da alabanza a Dios como el Poder o Potencia de todas las cosas, pues la
Voluntad es vista por nuestros gnósticos como el medio por el cual la Deidad se
revela a Sí Misma por el Gran Acto de la perpetua Autocreación de Sí Misma en
Sí Misma. «De Ti» provienen todas las cosas –cuando a Dios se le ve como a una
Divinidad Paternal; y «A
través de Ti» existen todas las cosas –cuando se ve a Dios como una Divinidad
Maternal. Pues esta Voluntad es el Divino Amor, que es el medio de la
Autoperfección, la fuente de toda consumación y satisfacción, de certeza y dicha.
La Deidad se inicia a Sí Misma para siempre en Sus propios Misterios.
«Santo seas Tú, Oh Dios, que quisiste ser conocido y eres conocido por Ti mismo.»
La Voluntad
de Dios es gnóstica; Él desea ser conocido. El Propósito Divino se consuma en
el conocimiento de Sí Mismo. Dios es cognoscible, pero
solamente por «Sí Mismo», es decir, por la Divina Filiación, como le llamó
Basílides, el gnóstico cristiano, o por la Estirpe de los Hijos de Dios, como
Filón, nuestros gnósticos y otros del mismo período dieron en nombrarla.
La Filiación
es una Estirpe, y no una individualidad, porque los que pertenecen a la
Filiación han cesado en su separación y «han entregado sus propios yoes a las
Potencias y, convirtiéndose así en Potencias, se han sumergido en Dios». Son
uno con los demás, ya nunca más separados unos de otros ni utilizando sentidos
ni órganos diferentes, pues constituyen la Palabra Inteligible o Razón (el
Logos), que es también el Mundo Inteligible (Cosmos) u Orden de todas las cosas.
Las tres
siguientes expresiones de alabanza celebran la misma trinidad que, por falta de
términos apropiados, llamaremos Ser, Dicha e Inteligencia, pero ahora de otra
forma: según el modo de manifestación o conformación en el espacio, el tiempo y
la sustancia del Universo Sensible, o Cosmos de formas y especies.
Las tres
hypostases, hyparxes o subsistencias de este modo de la auto manifestación
Divina se sugieren por medio de los términos Palabra, Toda naturaleza y Forma.
La Palabra es la vice-regente del Ser, porque es esta Palabra o Razón la que
dio el ser a todas las cosas, lo que hay en ellas que les hace ser lo que son,
la razón esencial de su ser; Toda naturaleza es el terreno o sustancia de su
ser, la Toda-receptiva o Ama de Cría –como la llama Platón– que las nutre, la
Dadora de Dicha, el constante Devenir que es la Imagen de la Eternidad;
mientras que la Forma es la impresión de la Inteligencia Divina, la fuente de
toda transformación y metamorfosis.
El trisagio
final canta las alabanzas de la trascendencia de Dios, declarando la
incapacidad del habla humana para ensalzar adecuadamente a Dios.
De aquí que
se diga que el único objetivo de la liturgia, o servicio de Dios, se debe
encontrar solamente en las ofrendas de la razón, la razón o logos, que es el
principio Divino en el hombre, la imagen de la Imagen, o el Hombre Divino, el
Logos. Es por la continua elevación de la tensión de toda su naturaleza por la
que el hombre es llevado cada vez más cerca de Dios, en el silencioso rapto de
la contemplación extática, cuando él, solo, va hacia el Solo, el Único, como
dice Platino. El nombre de Dios sólo se puede expresar a través del Silen-cio,
pues, como sabemos por lo que queda de la Gnosis cristianizada, este Silencio,
o Sige, es la Es-posa de Dios, y es
solamente la Divina Esposa la que puede dar plena expresión al Hijo Divino, el
Nombre o Logos de Dios.
La oración es
para la Gnosis, para la realización del estado de Filiación, es decir, la toma
de consciencia del ser común que el Hijo tiene con el Padre. Esto se ha de
consumar a través del desempeño de toda la naturaleza del hombre, al
completarse su influencia o imperfección (hysterema), de forma que se convierta
en Plenitud o Totalidad (Pleroma), el. Eón o la Eternidad. Esto se tiene que
alcanzar mediante el descenso del Gran Poder sobre él, mediante la Bendición de
la Buena Voluntad de Dios, ese Carisma, Gracia o Amor que ha sido siempre su
Divina Esposa, Complemento o Syzygy.
La oración no
es para el yo sino para los demás, pues así el hombre se puedee convertir en el
medio de iluminación de aquellos que aún están en la oscuridad, de aquellos que
todavía no conocen las Gozosas Nuevas de la Filiación Divina, que no saben nada
de la Estirpe de la Sabiduría, pero que no obstante son, como lo son todos los
hombres, hermanos del Cristo e hijos de Dios.
Y así, en
este éxtasis de alabanza, el viajero, mientras canta por el Sendero de lo
Divino, siente en su interior la certeza de que realmente está en el Camino de
Regreso, con el rostro dirigido hacia la Verdadera Meta; está yendo hacia la
Luz y la Vida, la paternidad y la maternidad eternas que siempre estuvieron
unidas en el Bien, el Único Deseable o Padre-Madre Divino, dos en uno y tres en
uno.
Por último,
dado que Dios ha sido alabado por todo en Su naturaleza de santidad –es decir,
como lo más venerable, conocido para ser adorado, digno de alabanza y objeto de
toda admiración–, aquel que procede de Él, Su Hombre, o lo Divino en el hombre,
desea ahora ardientemente y con plena conciencia convertirse en una naturaleza
semejante con Él, según el Propósito y el Mandamiento del Padre que le ha
destinado para este preciso final, y le ha concedido poder sobre todas las
cosas.
Realmente, es
un hermoso salmo este Himno de Hermes, es decir, el canto de alabanza de un
amante de esta Gnosis que, tal como lo expresa, había «alcanzado
el Plano de la Verdad» (I, 19), o lo que es lo mismo, había entrado en contacto
consciente con la realidad de su propia naturaleza Divina, convirtiéndose así
en un Hermes, capaz de interpretar el significado profundo de la religión y de
traer de vuelta a las almas desde la Muerte a la Vida –un verdadero psicagogo.
Poco importa quien lo escribió; su cuerpo pudo haber sido egipcio, griego o
sirio, pudo nacer con este nombre o con aquel, pudo vivir precisamente desde
este año hasta aquél, o desde algún otro hasta algún otro año; todo esto es de
escasa importancia salvo para los historiadores de los cuerpos de los hombres.
Lo que nos importa aquí realmente es la efusión de un alma; tenemos aquí
a un hombre derramando manifiestamente desde la plenitud
de su corazón las experiencias más profundas de su vida interior. Nos está
contando cómo puede un hombre conocer a Dios aprendiendo en primer lugar a
conocerse a sí mismo, abriendo así la flor de su naturaleza espiritual y
desenvolviendo las fajas de su corazón inmemorial, que había sido momificado y
depositado en la tumba a lo largo de tantas vidas como había estado
experimentando la muerte.
Y ahora podemos pasar a nuestro siguiente himno. Se encuentra
en un pequeño y hermoso tratado que lleva por título la enunciación de su tema,
«Aún Cuando el Dios no Manifestado es muy Manifiesto», y es un discurso del
«padre» Hermes al «hijo» Tat. El tema de este sermón es esa misteriosa
manifestación de la Energía Divina tan bien conocida ahora por el término
sánscrito de Mâyâ, y tan mal traducido al inglés como «Ilusión» –a menos que
nos aventuremos a tomar esta ilusión en su significado radical de
Entre-tenimiento y Juego, pues en su sentido más elevado Mâyâ es el Juego de la
Voluntad Creativa, el Teatro del Mundo o Dios en actividad.
El
equivalente griego de mâyâ es phantasia, que,
a falta de un término simple en inglés para representarla adecuadamente, he
traducido por «manifestación del pensamiento». La Fantasía de Dios es, de este
modo, el Poder (Shakti en
sánscrito) de la perpetua automanifestación o autoimaginación, y es el medio
por el cual todo «Esto» viene a la existencia desde lo no manifestado
«Aquello»; o como lo expresa el tratado al que hacemos alusión:
«Él es Él Mismo, tanto
lo que existe como lo que no existe. Lo que existe, Él lo ha hecho manifiesto,
y ha guardado lo que no existe en Sí Mismo.
ȃl es el Dios que se
encuentra más allá de todo nombre –es lo no manifestado y lo más manifiesto; Él, a quien la mente sólo puede contemplar. Él, visible a
los ojos también. Él es el único sin cuerpo, el único de muchos cuerpos, y no
sólo eso, pues más bien es el de todo cuerpo.
»No hay nada en lo
cual no esté Él, pues todos son Él y Él es todo» (ii, 104)
Él es tanto
las cosas que existen «aquí» en nuestra consciencia presente, como todo lo que
no existe en nuestra consciencia, o más bien, memoria –«allí» en nuestra
naturaleza eterna. Él es tanto lo Manifiesto como lo Oculto –oculto en lo
manifiesto y manifiesto en lo oculto, manifiesto en todo lo que hemos sido y
oculto en todo lo que seremos.
De lo que no
existe Él hace lo que existe, y así se puede decir de Él que lo crea todo de la
nada; realmente, lo crea todo de la nada salvo a Sí Mismo.
Él es tanto
lo que la mente sólo puede contemplar –es decir, el Universo Inteligible o lo
que está constituido en Su Divino Ser y que los sentidos divididos no pueden
percibir– como todo lo que los sentidos, tanto físicos como suprafísicos,
pueden percibir –la totalidad del Universo Sensible.
Él ha de ser
concebido simultáneamente desde puntos de vista monoteístas, politeístas y
panteístas, así como desde muchos otros puntos de vista –ciertamente, desde
tantos puntos de vista como la mente del hombre pueda concebir, y ni qué hablar
de la infinidad de los que ni siquiera puede imaginar. Él es corporalidad y
no-corporalidad en perpetua unión. No está en ningún cuerpo, pues ningún cuerpo
puede contenerle, y sin embargo Él está en cada cuerpo y cada cuerpo está en Él.
«No hay nada en lo cual no esté Él, pues todos son Él y Él es todo».
Ciertamente
resulta difícil de entender por qué a tanta gente en Occidente le aterroriza
tanto la idea de dar entrada en su concepción de Dios a los planteamientos
panteístas. Este temor es en realidad una audacia desmedida o bien una
presunción precipitada, pues no demuestra otra cosa más que la osadía que
tienen al limitar a la Divinidad en función de sus mezquinas nociones de cómo
les gustaría a ellos que fuese Dios, de manera que muestran cierta acritud
cuando alguien trastorna su autocomplacencia al apuntar que Dios no se adapta a
la miserable y estrecha cruz sobre la que pretenden crucificarlo.
¿Qué derecho
nos atribuimos nosotros, que en nuestra ignorancia no somos más que raquíticas
criaturas de un solo día, para excluir a Dios de cualquier persona o cualquier
cosa? Pero esas personas responderán: no es a Dios a quien excluimos; nos
excluimos nosotros mismos de Dios.
Ciertamente,
hagamos lo que hagamos, no podemos excluirnos. Es imposible, pues no podemos
excluirnos nosotros mismos de nosotros mismos. ¿Y quienes somos nosotros aparte
de Dios? ¿Nos hemos creado a nosotros mismos? Y si lo hicimos, entonces somos
Dios, pues la autocreación es sólo una prerrogativa de la Divinidad.
Pero el alma
piadosa aún objetara que sólo Dios es bueno. Asienta si lo desea pero, ¿qué es
lo Bueno? ¿Es Bueno sólo lo bueno nuestro, o lo Bueno de todas las criaturas? Y
si Dios es lo Bueno de todas las criaturas, también será Él lo Malo de todas
las criaturas; pues lo bueno de una criatura es lo malo de otra, y lo malo de
una es lo bueno de otra –y así se mantiene el Equilibrio. Decir que Dios es
sólo bueno demuestra un punto de vista limitado, así como intentar definirlo
como una forma especial de bondad que nos imaginamos para nuestro provecho y no algo que
sea realmente bueno para todos; pues es bueno que exista en el universo algo
aparentemente malo como el panteísmo, y que las nociones del hombre sobre el bien aparente caigan
tan lejos, al borde de la realidad. El hombre sabio, o mejor aún, el hombre que
se esfuerza por alcanzar la Gnosis, es el que puede ver en el Bien y en el Mal,
tal como lo concibe el hombre, un bien en cada mal, y un mal o una insuficiencia en cada bien.
Pero si,
junto con Hermes, decimos «todos son Él y Él es todo», no afirmamos saber lo que esto significa
realmente; sólo decimos que, con esta afirmación, nos ponemos cara a cara con
el último de los misterios de todas las cosas, misterio ante el cual lo único
que podemos hacer es bajar la cabeza con un silencio reverente, pues no existe
palabra que sirva aquí.
Y así, el místico que escribió estas sentencias continúa su
meditación con un magnífico himno, expresión de la incapacidad de la mente del
aprendiz para cantar correctamente las alabanzas a Dios, que a falta de un
título mejor, podríamos llamar «Himno al Sumo Padre Dios».
Himno al Sumo Padre Dios
¿QUIÉN, pues, puede cantar
Tus himnos o alabarte?
¿ADÓNDE, una vez más,
debo volver mis ojos para cantar
Tus alabanzas; arriba, abajo, dentro o
fuera?
No existe camino, ni lugar hay sobre Ti,
ni ninguna otra cosa de las cosas que hay.
Todas están en Ti,' todas vienen de Ti;
Oh Tú que lo das todo y no tomas nada,
pues Tú lo tienes todo y nada hay que no
tengas.
¿Y CUANDO, Oh Padre, entonaré mi himno para
Ti? Pues nadie puede tomar Tu hora o tiempo.¿POR QUÉ, una vez más, cantaré?
¿Por las cosas que has hecho, o por las que no hiciste? ¿Por las que hiciste
manifiestas, o por las que ocultaste? ¿CÓMO, además, Te cantaré?
¿Como si fuera yo mismo?
¿Como si hubiera algo de mí mismo?
¿Como si fuera otro?
Pues Tú eres cualquier cosa que yo
pueda ser; Tú eres cualquier cosa que yo pueda hacer; Tú eres cualquier cosa
que yo pueda decir.
Pues Tú lo eres todo, y no hay
absolutamente nada que Tú no lo seas.
Tú eres todo lo que existe, y eres
también lo que no existe, –Mente cuando piensas, Padre cuando creas, Dios
cuando das fuerza, y Bueno y Hacedor de todas las cosas (ii, 105).
¿Quién es
capaz de cantar las alabanzas de Dios, cuando lo requiere la totalidad del
universo del Ser y los incontables universos de todos los seres que son, cantar
las alabanzas de Dios de algún modo que resulte adecuado?
¿Quién, pues,
qué hombre tiene el conocimiento que le permita alabar a Dios correctamente,
aún cuando en su consciencia de separación sabe que no sabe quién es, y aún
empieza a darse cuenta de que «sea quien sea realmente» no puede ser otro que
Dios? ¿De qué modo puede la Divinidad cantarse alabanzas a Sí Misma como si de
algún otro se tratara, cuando «Yo» y «Tú» deben ser esencialmente uno, y
expresar la alabanza como de algún otro le parece a uno el abandono de ese
estado bienaventurado de intuición Divina?
¿Hay que
limitar a Dios, una vez más, con el espacio y las consideraciones espaciales?
¿Existe un «dónde» con respecto a Dios? Ciertamente, no puede haber ningún
lugar especial donde se pueda decir que se encuentra la Divinidad, pues Él está
en todas partes, y en todos los sitios y espacios se encuentra Él. No se puede
decir que esté en el corazón más que en cualquier otro órgano o extremidad del
cuerpo, pues Él está en todas las cosas y todas las cosas están en Él. Y, del
mismo modo, no hay una dirección especial hacia la que se puedan volver los
ojos de la mente, pues Él debe ser visto en todas las direcciones del
pensamiento hacia las que se pueda dirigir la mente; y si decimos que existen
malos giros de la mente o malos pensamientos, el que ha experimentado este
«cambio de tendencia gnóstica» responderá que el único mal que conoce ahora es
no ser consciente de que Dios está en todas las cosas, y que, con la aurora de
esta verdadera autoconsciencia, el lado correcto de cada pensamiento se
presenta junto con el lado erróneo en el gozo del pensamiento puro.
La idea del
siguiente párrafo de este canto de alabanza es quizás un poco más difícil de
seguir, pues parece haber una contradicción en los términos. Pero en estas
sublimes alturas del pensamiento humano todo parece contradicción y paradoja,
porque es éste el estado de reconciliación de los opuestos.
Se podría
decir que si Dios es el que da todas las cosas, del mismo modo debe de ser Él
el que recibe todas las cosas; pero igualmente se puede enunciar la antítesis
mediante la idea de todo y nada, al igual que la de dar y recibir, pues Dios no
toma nada manifiestamente, no tiene necesidad de nada, por cuanto ya tiene
todas las cosas.
Y si Dios no puede estar limitado por el espacio, tampoco es
posible que esté condicionado por el tiempo. Por tanto, el verdadero Te Deum gnóstico
no se puede cantar en un momento específico, sino que se debe de entonar
eternamente; el hombre debe transformarse en un canto de alabanza perpetuo con
cada pensamiento, palabra y obra.
Ni se le
pueden cantar himnos a la Deidad por una cosa más que por otra, pues todas las
cosas son igualmente de Dios, y el que se haga a sí mismo como Dios no tendrá
preferencias, sino que lo verá todo con el mismo ojo y lo abrazará todo con el
mismo amor.
¿A cuenta de
qué, otra vez, por lo que se refiere a sí mismo a diferencia del mundo, cantará
sus alabanzas el gnóstico a Dios? ¿Le cantará a la Divinidad por el mero hecho
de su propia existencia? ¿Lo hará por los poderes, facultades y posesiones que
tiene? ¿O por ser presumiblemente diferente a otros muchos que no están en la
Gnosis? La inutilidad de todas estas distinciones se hace evidente ante la duda
que despierta la mera formulación de estas preguntas, y el devoto de la
Sabiduría las aparta a un lado en un espléndido arranque: «Pues Tú eres
cualquier cosa que yo pueda ser; Tú eres cualquier cosa que yo pueda hacer; Tú
eres cualquier cosa que yo pueda decir.» No existe separación en la realidad de
las cosas. Sea lo que sea el hombre en su éxtasis, es el Ser de Dios en él;
haga lo que haga el hombre, es el Trabajo de Dios en él; diga lo que diga el
hombre, es la Palabra de Dios en él.
Y lo que es más, para tal consciencia, Dios está en verdad
en todas las cosas, tanto las manifiestas como las ocultas. Dios es Mente
cuando pensamos en Él como pensamiento, diseño y planificación; Dios es Padre
cuando Le concebimos como volición, creación y formación de todas las cosas a
la existencia; y Dios es el Bien cuando le vemos como el que da fuerza y
aliento a todas las cosas para darles la Luz y la Vida. Él es el Bien y el Fin
de todas las cosas, del mismo modo que es el Principio y el Hacedor de todo.
Nuestro
siguiente himno se encuentra en el maravilloso ritual de iniciación que lleva
por título «El Sermón Secreto de la Montaña», con el subtítulo de «Relativo al
Renacimiento y a la Promesa de Silencio», pero que muy bien podríamos llamar «La
Iniciación de Tat».
Este
Renacimiento o Regeneración era, y es, el misterio del Nacimiento Espiritual o
Nacimiento de Arriba, el objeto de los misterios mayores, del mismo modo que en
los misterios menores, el tema de las instrucciones se refería al Nacimiento de
Abajo, el secreto de la génesis, o cómo un hombre viene a nacer físicamente.
Uno era el nacimiento o génesis en la materia; el otro, el nacimiento esencial
o palingénesis, el medio para reconvertirse en un ser espiritual puro.
Éste es el
rito místico de la «imposición de manos», el rito de invocación de Hermes, el
hierofante o padre en la tierra, según el cual las Manos de la Bendición del
Gran Iniciador, la Mente del Bien, se imponían sobre la cabeza de Tat, el
candidato, su hijo. Estas Manos de la Bendición no eran unas manos físicas,
sino Potencias, Rayos del Sol espiritual, tal como se mostraban simbólicamente
en los conocidos frescos egipcios. Cada Rayo es una Potencia gnóstica que,
mediante su luz y su virtud, extrae la oscuridad de los vicios del alma y
prepara el camino para transformar el cuerpo carnal en el cuerpo luminoso o
estelar de un Dios –el augoeides o astroeides, al que nos referimos con su
término equivalente egipcio al comienzo de este pequeño volumen.
Este rito
místico de iniciación gnóstica lleva al nacimiento del Dios en el hombre que,
no obstante, al principio, no es más que un Dios bebé que aún no oye ni ve, tan
sólo siente. Y así,
cuando el rito se lleva a cabo de la forma debida, Tat suplica como un gran
privilegio que se le cante el maravilloso Canto de las Potencias que había
leído a lo largo de sus estudios, y del cual se decía que Hermes, su padre, lo
había escuchado cuando llegó a la Octava Esfera o Estadio en su ascenso de la
Montaña o Escalera Sagrada.
«Me gustaría, Oh
padre, escuchar el canto de alabanza que dices que escuchaste cuando llegaste
al Octavo.»
En respuesta
a la petición de Tat, Hermes contesta que es bien cierto que el Pastor, la
Mente Divina, en su propia iniciación, una iniciación aún más elevada, en el
primer grado de maestría, predijo que escucharía este Canto Celestial; y le
recomienda a Tat que se apresure en «desmontar su tienda» ahora que ha sido
purificado. Es decir, el rito final de purificación se ha operado en Tat, los
poderes de las virtudes catárticas o purificadoras han descendido sobre él, de
manera que ahora tiene el poder para «desmontar su tienda», o lo que es lo
mismo, liberarse de las trabas del cuerpo del vicio, y así levantarse de la
tumba que hasta ese momento tenía prisionera su «alma daimónica», como el
Oráculo Pitio dice de Plotino.
Pero añade Hermes que las cosas
no son como supone Tat. No hay ningún Canto de las Potencias escrito en lengua
humana y guardado en secreto; ninguna tradición oral de ningún himno expresado
en forma física.
«El Pastor, Mente de toda maestría, no me ha
transmitido más de lo que ha sido escrito, pues muy bien sabía Él que sería
capaz por mí mismo de aprenderlo todo, y verlo todo.
»Él me dejó la composición de las cosas perfectas.
De ahí que las Potencias en mí interior, al igual que están en todo, rompieran
a cantar.»
El Canto se puede entonar de
muchos modos y en muchas lenguas, según la inspiración del cantor iluminado. El
hombre que ha renacido se convierte en salmista y poeta, pues ahora está
sintonizado con la Gran Armonía, y no puede hacer otra cosa que cantar las
alabanzas de Dios. Se convierte en un compositor de himnos y deja de ser un
repetidor de los himnos compuestos por otros.
Pero Tat insiste; su alma anhela
fervientemente escuchar algún eco del Gran Canto. «¡Padre, deseo escuchado;
anhelo conocer estas cosas!»
Y así,
persuade por fin a Hermes, que pasa a darle una muestra de ese canto de
alabanza, canto que ahora puede utilizar en sustitución de las oraciones que
empleaba antes, que es lo más adecuado para alguien que se encuentra en un
estado de fe.
Hermes invita a Tat a que se
calme y a que espere, con un silencio reverente, la audición de la potente
efusión teúrgica de toda la naturaleza del hombre alabando a Dios, con la cual
se abrirá un sendero que cruzando toda la Naturaleza irá directamente hasta la
Divinidad. No es éste un himno normal de alabanza, sino una operación teúrgica
o acto gnóstico. Así pues, Hermes ordena:
«¡Estate tranquilo, hijo mío! Escucha el canto de
alabanza que mantiene al alma en sintonía, el Himno del Renacimiento –un himno
que no pensaba mostrarte hasta que no hubieras alcanzado el fin de todo.»
Claro está que no se refiere al
fin de toda la Gnosis, sino al fin del sendero probacionista de purificación y
fe, que es el comienzo de la Gnosis. Tales himnos se enseñaban sólo a aquellos
que habían sido purificados, no a los que eran esclavos del mundo o a los que
aún forcejeaban con sus vicios inferiores, sino sólo a los que se habían preparado y «se habían hecho extranjeros para el mundo de la ilusión» (ii, 220).
«Por eso,»
dice Hermes, «esto no se puede enseñar, sino que se guarda oculto en el
silencio.» Es un himno que se debe utilizar ceremonialmente al amanecer y al ocaso.
«Así pues, hijo mío, ponte de pie en un lugar que esté al
descubierto bajo el cielo, de cara al oeste, cuando esté a punto de ponerse el
sol, y lleva a cabo tu adoración; y también del mismo modo, al amanecer, de cara al
este.»
Y para aquellos que no pueden perfeccionar el rito en todos
los planos, que permanezcan en pie desnudos, despojados de todas las prendas
del falso juicio, desnudos en medio de la clara esfera del Cielo Superior, de
cara al Sol Espiritual, al Ojo de la Mente que ilumina la Gran Esfera de nuestra
naturaleza espiritual en la tranquilidad de la inteligencia purificada.
Y así, Hermes, antes de cantar la llamada «Himnodia
Secreta», pronuncia una vez más el solemne requerimiento:
«Ahora, hijo, estate tranquilo.»
La himnodia secreta
¡Que todas las
naturalezas del mundo reciban la manifestación de mi himno!
¡Ábrete, Tierra!
¡Que todos los cerrojos del Abismo se abran ante mí! ¡Vosotros,
Árboles, no os agitéis!
Que vaya cantar un
himno al Señor de la creación, al Todo y Uno.
¡Abríos, Cielos, y
vosotros, Vientos, permaneced tranquilos; y dejad que la Inmortal Esfera de
Dios reciba mi palabra!
Pues vaya cantar
las alabanzas de Aquel que lo fundamenta todo, que fijó la
Tierra y colgó el Cielo, que le ordenó al Océano que le brindara agua dulce a
la Tierra, tanto a las partes que estaban habitadas como a las que no, para
sustentación y uso de todos los hombres, que hizo al Fuego brillar para dioses
y hombres en cada acto.
¡Demos todos
juntos alabanzas a Él, sublime arriba en los Cielos, Señor de toda la
naturaleza!
¡Él es el Ojo de la Mente, y que acepte É11as alabanzas de mis
Potencias!
¡Vosotras, Potencias que estáis en mi interior, cantad al Uno y Todo;
cantad con mi vo1untad, Potencias todas que estáis en mi interior!
Oh, bendita Gnosis, por ti iluminado, cantando a través tuyo la Luz que
sólo la mente puede ver, me gozo en el Gozo de la Mente.
¡Cantad conmigo las alabanzas, todas vosotras, Potencias!
¡Canta las alabanzas, Dominio de mí mismo; canta tú a través mío,
justicia mía, las alabanzas del justo; canta tú, Alma mía con todo, las
alabanzas del Todo; canta a través mío, Verdad las alabanzas de la Verdad!
¡Canta tú, Oh Bien, lo Bueno! ¡Oh Vida y Luz, de nosotros hasta ti
fluyen nuestras 1oas!
Padre, Te doy
gracias; a Ti, Tú, fuerza de todas mis Potencias; Te doy gracias, Oh Dios, Tú,
Poder de todas mis Fuerzas.
¡Tu Razón canta a través mío Tus alabanzas. Recoge a través mío el Todo
en Tu Razón –mi justa ofrenda!
Así cantan las Potencias en mí. Cantas tus alabanzas, Todo Tú; hacen Tu
vo1untad.
¡DESDE Ti Tu vo1untad; A Ti, el Todo. Recibe de todos su justa ofrenda.
El Todo que está en nosotros, Oh Vida, conserva; Oh Luz, ilumínalo; Oh Dios,
inspíralo!
Es Tu Mente la que representa el Pastor a Tu Palabra, Oh Tú, Creador,
Dispensador del Espíritu en todo.
Pues Tú eres Dios; Tu Hombre así Te canta, a través del Fuego, a través del Aire, a través de la Tierra, a
través del Agua, y a través del Espíritu, a través de Tus criaturas.
Es en Tu Eón donde he encontrado el Canto de Alabanza; y en Tu vo1untad
la meta de mi búsqueda, he encontrado el Descanso (ii, 230–232).
Ahora ya se
puede ver que no es éste un himno normal, ni un himno concebido al modo de los
salmos a los que estamos acostumbrados, sino la efusión gnóstica de un hombre
que ha empezado a darse cuenta de la naturaleza de su propia dignidad
espiritual y de su lugar en el universo, basado en la tradición de lo que hay
de mejor en la teurgia egipcia, esa fuerza Divina que lanza órdenes que toda la
naturaleza obedece de buena gana.
Está a punto
de pronunciar palabras «que son verdaderas», palabras que desde la verdad van
hasta la Verdad, sin obstáculos ni interrupciones. Toda la naturaleza recibirá
por tanto estas palabras y las hará circular. Todos los elementos se apresurarán
a servir al hombre que está sirviendo a Dios con la liturgia lícita de su
naturaleza toda.
La Tierra en
medio, el Cielo arriba y el Abismo abajo, abrirán los pórticos de sus senderos
secretos para permitir que las palabras de verdad de éste, que es «verdad de
palabra», entre en la Esfera Inmortal del Dios Verdadero, es decir, en el mismo
Eón donde mora el Dios Verdadero, no en algún lugar del Cielo, de la Tierra o
del Abismo, sino en aquel que los trasciende a todos y es el origen,
preservador y fin de todos ellos.
No sólo los
árboles de la tierra, sino también los Árboles del Paraíso, los Seres Divinos
que moran en la Gloria Eónica, reposarán en reverente silencio cuando la
potente y piadosa alabanza pase hasta el confín de todas las adoraciones.
Los vientos
de la tierra se calmarán, así como los Vientos del Cielo, los Hálitos
Inteligentes en las más profundas moradas de la Gran Mente del hombre.
Pues la
alabanza no se proclama por este o aquel daimon o dios, sino por el Señor de
Todo; y ellos, los Obedientes, cuya vida consiste en alabar a Dios, no pueden
más que regocijarse porque el Desobediente, al final y por decisión propia, se
va a unir a la infatigable liturgia de la naturaleza.
Es el himno
de alabanza al Uno y Todo, del Señor Uno de toda la creación, que es, al mismo
tiempo, el Único que crea y el Todo que es creado. Es un himno entonado en
armonía con la liturgia o el servicio de alabanza de las cuatro grandes
naturalezas primordiales, los Elementos Cósmicos de la Tierra, el Aire, el Agua
y el Fuego –Padre Cielo y Madre Tierra, Padre Fuego y Madre Océano. El hombre
canta con ellos la gloria de su Señor común, el Ojo de la Mente, es decir, la
Mente, el Sol Espiritual de Verdad, cuyos ojos son los incontables soles del
espacio. Este Sol de Verdad es la Luz Verdadera, la Luz que sólo la mente puede
ver; la pequeña mente del hombre, ahora iluminada por la Luz de la Gnosis, se
hace de la misma naturaleza de la Gran Mente, y así se transforma en una
trinidad prismática de Bien, Luz y Vida, a través de la cual la Brillantez del
Uno y Todo resplandece en un septenario de Poderes y Virtudes.
Estos
Poderes, con una sola excepción, se dan en nuestra himnodia clasificados
exactamente en la forma en la que aparecen en el texto del rito místico, a
saber: Gnosis, Gozo, Templanza, Continencia, Rectitud, Generosidad y Verdad
–que expulsan correspondientemente a la Ignorancia, el Pesar, la Intemperancia,
el Deseo, la Injusticia, la Avaricia y el Error. Y con la llegada de la Verdad
se cumple la medida del Bien, pues en la Verdad se unen el Bien, la Vida y la
Luz.
La naturaleza
de las personas de esta última trinidad se revela aún en mayor medida, así
como la transmutabilidad de estas hipóstasis, alabando a Dios como la Fuerza de
todos los Poderes y el Poder de todas las Fuerzas, es decir, como Luz y Vida
una vez más, Luz, el fortalecedor masculino, y Vida, el nutriente femenino, la
paternidad-maternidad de Dios, el Bien, el Lagos o Razón de todas las cosas.
Y así, el salmista gnóstico resuelve al fin su alabanza con
la ofrenda de la justa ofrenda que, en un análisis final, es la Canción del
Lagos, la Razón, el Hijo de Dios, el Único engendrado, cantando a través de la
naturaleza toda del hombre y refundamentando el cosmos que es él mismo en el
origen de su Ser. Es la consumación del Gran Retorno; la Voluntad de Dios es
ahora la voluntad única del hombre.
«Desde Ti, Tu
Voluntad; A Ti, el Todo.»
Es decir, de
Ti procede Tu Voluntad; Tú eres la Fuente de Tu Voluntad, Tu Deseo, Tu Amor; y
Tu Voluntad es Tu Cónyuge, a cuyo través se manifiestan todas las cosas, todo
el universo, Tu Único engendrado, de quien el fin, así como el principio, es Tú
Mismo, pues Él es Tú Mismo eternamente.
Pues como
otro himno místico del período parafrasea (i, 146): «De Ti es Padre, y A Través
Tuyo es Madre» –a lo que podríamos añadir «y Hasta Ti es Hijo.»
Y así continúa el cantor de himnos con su <9usta
ofrenda», el sacrificio de su verdadero yo, el logos dentro de él, de su ángel
«que contempla perpetuamente el Rostro del Padre», rogando que su cosmos total,
todo lo que hay de él, sea preservado o salvado por la Vida, la Madre,
iluminado o irradiado por la Luz, el Padre, e inspirituado, inspirado o
espiritualizado por el Gran Hálito de Dios que eterna y simultáneamente espira
e inspira.
Pues ahora el
hombre ya no es una «Carta» o una «Procesión del Destino», sino un verdadero
«Nombre», un Hombre libre, una Palabra o Verbo de Dios, un perfecto Cosmos,
ordenado con la lícita y debida armonía mediante la conversión de su voluntad
en una unión voluntaria con la Voluntad de Dios; y de esa Palabra, Dios o
Ángel, el Pastor o Nutridor –el que da el néctar Divino o alimento espiritual
del cual se nutre es Palabra– es la Gran Mente o Luz, el Iluminador, el gemelo
de la Gran Alma o Vida Salvadora, la Inspiradora y Preservadora, habiéndonos
sido otorgados uno y otro por Dios el Creador.
El hombre se
ha convertido ahora en un Hombre, un Verbo, un verdadero Ser de la Razón, cuya
energía se expresa en ideas vivientes que pueden ser impresas sobre las almas y
mentes de los hombres, y vividas en una vida de ejemplo; de un hombre
imperfecto se ha convertido en un Cosmos, Orden o Armonía perfecta, de modo que
puede hacer que sus naturalezas purificadas canten junto con los grandes elementos y la quintaesencia de todos ellos,
que es el Espíritu o Aliento de Dios, el Atman de la teosofía india.
Pues al haber
conseguido alcanzar esta forma verdadera de respirar –respirar y pensar con la
Gran Vida y la Gran Mente de las cosas– el hombre ya no es un hombre sino un
Hombre, un Eón, una Eternidad, y al re convertir su verdadero Yo expresa su
gozo natural en cantos de alabanza, y encuentra su reposo en la Gran Paz, la
Maternidad de Dios. Ha nacido de nuevo un niño Cristo; y cuando crezca en
estatura hasta la plena madurez, ella, que hasta entonces había sido su madre,
renovada con la eterna juventud de los dioses, se transformará de madre en
esposa.
El último
himno que ha llegado hasta nosotros en la literatura trismegística existente se
encuentra al final de «El Sermón Perfecto», del cual, desgraciadamente, se ha
perdido el original griego. De ahí que dependamos únicamente de una vieja
versión latina que, en gran medida, resulta poco satisfactoria.
Este sermón
es, con mucho, el más largo de los logoi trismegísticos que existen. En la
introducción se nos dice que Hermes, Asclepios, Tat y Amón se reunieron en el
adytum o recinto sagrado. Allí estaban los tres discípulos escuchando
reverentemente a su maestro, que impartía una larga lección sobre la Gnosis con
el propósito de perfeccionados en el conocimiento de las cosas espirituales. De
ahí que el discurso reciba el nombre de «El Sermón Perfecto» o «El Sermón de la
Iniciación».
Asclepios,
Tat y Amón representan a los tres tipos de discípulos de la Gnosis, tres
naturalezas de hombre. Asclepios es el hombre del intelecto, dotado del
conocimiento de las escuelas, las artes y las ciencias de su momento. Tat es
más intuitivo que intelectual; es «más joven» comparado con Asclepios; pero no
obstante es el que sucede a Hermes como maestro cuando éste es llevado hasta
los Dioses, pues ha desarrollado con más fuerza su naturaleza espiritual que
Asclepios, de manera que puede elevarse hasta las grandes alturas de la
iluminación. Amón es el hombre práctico de los acontecimientos, el rey, el
emprendedor, no el científico ni el místico.
Sin embargo,
sería un error mantener en nuestra mente una diferenciación tan clara de estos
tres tipos, pues todos ellos se encuentran místicamente en cada uno de nosotros,
y la verdadera iluminación de nuestra naturaleza triple depende de su correcto
equilibrio y armonía, del amor fraternal de los tres discípulos –Santiago, Juan
y Pedro– que deben complementarse unos a otros, subordinarse entre ellos y
competir entre ellos por el amor de su maestro, la mente purificada o Hermes,
sólo a través de la cual la enseñanza de la Gran Mente, el Pastor, puede,
por el momento, llegar hasta ellos.
Y de este modo nos encontramos con las condiciones de la
correcta contemplación, expuesta dramáticamente en la última sentencia de la
introducción del sermón con estas palabras:
«Cuando
también Amón había entrado en el sagrado recinto, y cuando el sagrado grupo de
cuatro quedó completo con la piedad y con la bondadosa Presencia de Dios, a ellos,
sumidos en un silencio reverente, pendientes sus almas y mentes de los labios
de Hermes, les comenzó a hablar el Amor Divino de esta manera.» (ii,
309)
Este Amor
Divino es esa misma Presencia, la Mente Superior o Pastor de hombres que
ilumina directamente a Hermes o la mente superior dentro de nosotros; pero
estas palabras vivientes de poder se han de transmitir con palabras humanas a
las tres naturalezas de nuestra mente inferior, el Asclepio, el Tat y el Amón
que hay en nosotros, que son los que aprenden y los que escuchan.
Después de
finalizada la enseñanza y tras haber salido del sagrado recinto, el relato nos
dice que volvieron sus rostros hacia el sol poniente, antes de pronunciar su
himno de alabanza.
Esto se
podría interpretar místicamente como que la mente suspende la contemplación, en
la cual las energías emitidas han alcanzado las alturas o se han dirigido hacia
adentro, siendo apaciguadas por lo superior en las relaciones del Amor
bendecido con la Presencia de lo Divino; estas energías, antes de encaminarse a
cumplir con las diferentes tareas que se les han asignado, se unen en un himno
de alabanza, con los ojos aún vueltos a la gloria del Sol poniente espiritual
que ahora parte.
En esto, el
entendido en formas que hay en nosotros, el Asclepios, que es sabio en
ciencias, artes y ceremonias, le propone a Tat en un susurro que se una a él
para sugerirle a su común padre Hermes el pronunciar su oración a Dios «con
incienso y ungüentos». Es ésta una sugerencia de la mente, que se aferra aún a
las forma externas, las ritualistas. Pero Hermes les hace volver a la
naturaleza gnóstica de su culto espiritual.
«El
cual se ensombreció cuando escuchó a Tus más grandes, y dijo:
«¡De
ninguna de las maneras, Asclepio; di cosas más propicias! Pues parecería una
profanación de nuestros ritos sagrados ofrecer incienso y todo lo demás cuando
oras a Dios.
«Pues
no hay nada en ello de lo que Él tenga necesidad, pues Él lo es todo y todo está en Él.
»Más bien adorémosle dándole gracias, pues es éste el mejor incienso a los ojos
de Dios, el que los hombres Le den las gracias» (ii, 388)
Y
así comenzaron su alabanza, la que por falta de un título mejor podríamos
llamar «Un Himno de Agradecimiento por la Gnosis».
Un himno de agradecimiento por la gnosis
¡Te damos gracias a TI, el más elevado y excelente! Pues por Tu Gracia
hemos recibido la grandiosa Luz de Tu propia Gnosis.
Oh Nombre santo, Nombre perfecto de adoración, Oh Nombre único, por el
cual sólo Dios debe ser bendecido a través del culto de nuestro Señor, –de Ti
que te dignaste a darnos a todos la piedad de un Padre, el cuidado, el amor y
virtudes aún más dulces que éstas, dotándonos de sensación, razón e
inteligencia; la sensación que nos permite sentirte; la razón que nos permite
seguir tus huellas en el mundo de las apariencias; el reconocimiento que nos
permite alegrarnos al conocerte.
Salvados por Tu divino Poder, nos regocijamos porque Te has mostrado a
nosotros en toda Tu Plenitud. Nos regocijamos porque Te has dignado en
consagrarnos, sepultados aún en nuestros cuerpos, a la Eternidad.
Pues es ésta la única festividad de alabanza digna del hombre –conocer
Tu Majestad.
Te conocemos; ciertamente, con el Sencillo Sentido de nuestra
inteligencia, hemos percibido Tu Luz suprema, –¡Oh Tú, Vida Verdadera de vida,
Oh Matriz Fecunda que engendraste toda la naturaleza!
Te hemos conocido, ¡Oh Tú, henchido con la Concepción de Ti Mismo de la
Naturaleza Universal!
Te hemos conocido,
¡Oh Tú, Estabilidad Eterna!
Pues en toda esta oración nuestra de culto a Tu Bien, sólo ansiamos
este favor de Tu Bondad: que nos hagas constantes en nuestro Amor por
conocerte, y que nunca seamos alejados de esta forma de Vida (ii, 389, 390).
Te damos
gracias, gracia por Gracia, buena voluntad por Tu Buena Voluntad. La Buena
Voluntad de Dios es, como ya hemos visto, la de que «Él quiere ser conocido», y
la buena voluntad del hombre es su «amor de conocer a Dios».
El latín de
la siguiente sentencia es bastante oscuro pero, a juzgar por otros pasajes y
por el contexto, el único Nombre de Dios efable es «Padre». El culto de Dios
como Padre es la verdadera religión, piedad y amor, puesto que éstas son las
expresiones naturales de agradecimiento a Dios, pues es Él el que derrama sobre
nosotros los tesoros de Su piedad, cuidado (religio
en latín) y amor, aunque claro está que todas estas palabras se quedan cortas
para expresar esta divina eficacia o poder para dar una completa satisfacción
de Dios, pues sólo Él da sin escatimar nada, dado que derrama Su Plenitud sobre
nosotros.
Él nos dota
de sensación, razón e inteligencia, los tres medios para conocerle: la
sensación para sentir a Dios en todas las cosas; la razón para seguir la
manifestación de lo Divino en todos los fenómenos; y la inteligencia o
intuición espiritual mediante la cual reconocemos cara a cara cuando lo
objetivo y lo subjetivo, cuando el objeto y el sujeto, se funden y se da el
gozo y la satisfacción absoluta del Autoconocimiento.
El Poder de
Dios es la Voluntad de Dios, la Buena Voluntad, por la cual Él desea ser
conocido o, lo que es lo mismo, cuyo Propósito es la Gnosis; y esto trae
alegría y dicha, pues es la manifestación de Dios al hombre en toda Su
Plenitud, es decir, la manifestación del Pleroma, el Cosmos Inteligible,
Dios en la naturaleza de Su Hijo Unigénito.
Los «cuatro
santos» cantan con alegría el hecho de haber sido santificados, consagrados
como sacerdotes del Más Elevado, estando todavía en la tumba del cuerpo; y así
sus cuerpos se consagran como templos del Hijo de Dios, el Eón o Eternidad.
De ahí que la
única festividad de alabanza digna del hombre en su naturaleza divina, es
decir, en su verdadera madurez o unión con la Gran Mente, es conocer la
Majestad o Grandeza de Dios, o lo que es lo mismo y una vez más, el Eón.
Este
Conocimiento o Gnosis se alcanza por medio del Sencillo Sentido de la
inteligencia, no sólo por la sensación, ni tampoco sólo por la mente, sino por
un medio superior a ambos en el que los dos se funden en la Gnosis, para así
hacerse conscientes con una nueva consciencia o autoconacimiento de la Luz de
Dios –la Supermente de todas las cosas y de la Vida de Dios –la Superalma de
todas las cosas–, que posteriormente se describe de un modo sumamente gráfico
como la «Matriz Fecunda que engendró toda la naturaleza».
Ésta es la
Gnosis de lo Divino como el Pleroma, la Plenitud, que está henchida con la
Concepción de la naturaleza universal del mismo Dios.
Por último,
se alaba a Dios por ser conocido como la Estabilidad, la Constancia, la
Duración, la Inmutabilidad, la Uniformidad Eterna.
Y
así termina este hermoso himno de agradecimiento, con la
única oración de aquellos que han accedido a la Gnosis, a saber, que aquel que
es la Estabilidad Eterna, Dios en Su energía de Uniformidad Eónica, les haga
constantes en la más Pura y Sencilla forma de Amor, el Amor de conocer a Dios.
¡Qué cantos
más nobles conforman estos cuatro himnos, cantos merecedores de todo lo mejor
que hay en el hombre, y de todo lo que hay de más digno en el verdadero
adorador de Dios! ¡Sería maravilloso que pudiéramos contar aunque sólo fuera
con un salterio de tales salmos, como sin duda existió en otro tiempo en esta
excelente comunidad de servidores de Dios y liturgistas gnósticos! Pero, por
desgracia, mientras la indiferencia del tiempo ha conservado muchas cosas de
los autores clásicos que no con poca frecuencia hubiéramos dejado a un lado, el
celo de la Providencia han apartado de nosotros la mayor parte de los
monumentos más hermosos del genio gnóstico del hombre –tal vez, no obstante,
porque el mundo no estaba preparado para apreciarlos.
Sin embargo,
no hay nada que hacer salvo seguir nuevamente el Camino de los Hermes del pasado,
y enfrascarnos una vez más en la «construcción de cosas hermosas», pues lo que
el hombre pudo conseguir en una ocasión puede conseguirlo de nuevo, y, si no me
equivoco en mi augurio, está llegando el tiempo de una poesía tan llena de
verdad como esta.
No tenemos
más Himnos de Hermes con lo que agradar los corazones de nuestros lectores,
aunque nos conformaríamos con que lo que hemos mostrado haya cumplido su
cometido, pero podríamos agregar otro himno de naturaleza similar que muy bien
podría haber sido escrito por un Hermes de la fe trismegística.
Es «Un Canto
de Alabanza al Eón», del cual se dice que fue escrito en una «tablilla secreta»
por un desconocido Hermano de una Orden olvidada, quizás una de las Comunidades
del Eón –la más Elevada y Supracelestial– que Filón de Biblos, en la segunda
mitad del primer siglo de nuestra era, nos dice que existía en Fenicia en sus
tiempos, y sin duda también en Egipto (i, 403). El texto se encontró en los Papiros Mágicos griegos.
Un canto de alabanza al Eón
¡Salve a Ti, Oh Tú, Todo Cosmos de etéreo Espíritu!
¡Salve a Ti, Oh Espíritu, que te extiendes desde el Cielo a la Tierra,
y desde la Tierra que está en medio del orbe del Cosmos hasta los confines del
Abismo!
¡Salve a Ti, Oh Espíritu, que entras en mí, que te aferras a mí o Te
apartas de mí según la Voluntad de Dios por la gracia de Su corazón! ¡Salve a
Ti, Oh Tú Principio y Tú Fin de la Naturaleza que nada puede mover!
¡Salve a Ti, Tú Liturgia inamovible de los Elementos de la Naturaleza!
¡Salve a Ti, Oh Tú Iluminación del Rayo Solar que brilla para servir al
mundo!
¡Salve a Ti, Tú Disco de Luna que brillas en la noche, que brillas inigualablemente!
¡Salve, Vosotros Espíritus todos del las etéreas Estatuas de los
Dioses!
¡Salve a todos Vosotros, a quienes los santos Hermanos y Hermanas
ensalzan con sus alabanzas!
¡Oh Espíritu, el Poderoso, la más poderosa e incomprensible Configuración
del Cosmos, salve! ¡Celestial, etéreo, interetéreo, acuoso, terroso, ígneo,
aéreo, luminoso, oscuro, brillante como las Estrellas –húmedo, caliente, frío
Espíritu!
¡Yo te ensalzo, Dios de dioses que siempre restableces el Cosmos y que
sacas la Profundidad fuera de su Trono de Soberanía a donde ningún ojo puede
ver, que fijaste por separado el Cielo y la Tierra cubriendo el Cielo con Tus
eternas alas doradas, y que hiciste firme la Tierra sobre Tronos eternos!
¡Oh Tú que colgaste el Éter en las elevadas Alturas, que esparciste el
Aire con Tus Ráfagas y que hiciste al Agua arremolinarse en círculos! ¡Oh Tú
que levantas el Ígneo Torbellino y haces el trueno, el rayo, la lluvia y los
temblores de tierra, Oh Dios de los Eones!
¡Poderoso eres Tú, Señor Dios, Oh Maestro del Todo! (i, 408, 409).
El Eón es el
Cosmos Invisible e Inteligible, el Todo Cosmos de Etéreo Espíritu o
Quintaesencia, a diferencia del Cosmos Sensible de los cuatro Grandes
Elementos, los puros Fuego, Aire, Agua y Tierra, y no nuestros mezclados elementos.
El lector
sólo tiene que comparar la apertura y el
cierre de las sentencias de «La Himnodia Secreta» con el primer párrafo de este
himno para percatarse de que se encuentran precisamente en el mismo círculo de
ideas.
El Cielo, la
Tierra y el
Abismo, los tres mundos, a través de los cuales el Espíritu, como Visnú en los
Puranas, da las «tres zancadas».
Es este
Espíritu, el Gran Aliento de la Vida, la exhalación y la inhalación de las múltiples existencias del hombre.
Cuando el Espíritu exhala él nace, de la muerte a la vida, y también de la
vida a la muerte; pues la vida del cuerpo es la muerte del alma. Y cuando el
Espíritu inhala queda muerto, muerto para las cosas del cuerpo, pero vivo para
las cosas del alma.
Y todo esto es «según la Voluntad de Dios por la gracia de
Su corazón». Pues la Voluntad de Dios es la Energía o el Trabajo Efectivo de
Dios –el cual trasciende toda idea humana de Amor–, dictada por la gracia, la
bondad de Su corazón, que siempre desea el bien de todos los seres, pues el
Corazón de Dios es el Mismo Bien, el Eón.
El Eón no
tiene Principio ni Fin, sino ambas cosas; pues todas las Esferas del Ser a las
que da energía, finalizan donde comienzan, y comienzan donde finalizan –danzan
en una revolución eterna, pues su «lugar de deleite eterno» está en el Vórtice
de la Incesante Liturgia o Servicio de los Elementos. El Eón es la Causa de la
Magna Vorago, el Poderoso Torbellino del Universo, pues ésta es la Mónada o
Átomo Supremo de todos los átomos y todas las combinaciones de átomos.
El Eón es la
Iluminación o Fuente de la Luz para todas las Luces del Cielo, el Sol, la Luna
y el resto de las «Etéreas Estatuas de los Dioses» –los incontables soles del
espacio.
El Eón es el
Espíritu, compuesto de Luz y Vida, y de este modo Padre-Madre de todos los
Espíritus, cuyos verdaderos Cuerpos son las esferas ígneas, los cuerpos
siderales –como el rayo, como la estrella.
Por tanto,
los Hermanos y Hermanas de esta comunidad de gnósticos servidores de Dios
alababan con razón a todos los Dioses, pues estos Dioses son la verdadera
comunión de los santos en el Cielo, al igual que los Hermanos y Hermanas se
esforzaban por convertirse en santos en la tierra.
El Eón es el
Gran Paradigma, el Uno Ejemplar de todas las cosas, la Configuración Eterna del
Cosmos y de todos los cosmoi, en un septenario de tres quintaesenciales y
cuatro esenciales elementos, que se completan con el todo-color, Luz, y el
no-color, Oscuridad, en una década de la que el Espíritu es el principio y el
fin, existente en tres modos –que nos recuerdan el Trigunam, la triple
naturaleza de Prakriti o la Naturaleza en la teosofía hindú– humedad, calor,
frío; negro, rojo, blanco;
Tamas, Rajas y Sattva.
La Gran Obra
del Dios de Dioses es restablecer el Cosmos a perpetuidad, remozarlo, renovarlo
en su triple naturaleza de Alto, Medio y Profundo –algo así como el endodermo,
el mesodermo y el ectodermo de la célula germinal cósmica– sobre el que se
cierne el Espíritu con sus eternas alas doradas, como la Gran Ave que perpetuamente
rompe el cascarón del Huevo del Universo.
Y es de esta forma como tiene lugar la cosmogénesis perpetua
de todas las cosas; y, viendo que todos los seres surgen del Eón, todos y cada
uno de ellos, en su naturaleza cósmica, son también Eónes, de modo que el Eón
es también el Dios de los Eones.
Él es el Dios
de millones de años, de millones de meses y millones de días –tanto si son
períodos de tiempo de la tierra o del universo– y, de ahí, Dios de todas las
existencias, del mismo modo que es Dios de la Eternidad de todos los seres.
Tenemos que
cerrar este pequeño libro de himnos, con la esperanza de que alguien se anime a cantar en
respuesta a los Himnos del Pagano Hermes, aún en este siglo veinte de gracia
cristiana; pues quizás, después de todo, Hermes y Cristo no resulten tan
extraños el uno para el otro como los tradicionales prejuicios teológicos nos
puedan hacer creer.
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